Los amigos también curan: la importancia de sentirnos acompañadas
En algún momento creemos o sentimos que tenemos que poder con todo por nuestra cuenta, que pedir ayuda es una señal de debilidad, que nuestros problemas son únicamente nuestra responsabilidad y que, al final, nadie puede hacer nada por nosotras.
Y sí, hay procesos que inevitablemente nos corresponde atravesar a nosotras. Porque hay decisiones que nadie puede tomar en nuestro lugar, dolores que necesitamos procesar a nuestro ritmo y cambios que dependen de lo que decidamos hacer con nuestra propia vida.
Pero ser responsables de nuestros procesos no significa que tengamos que atravesarlos solas.
Hay días que se sienten un poco más ligeros después de una conversación. Momentos en los que necesitamos que alguien nos escuche sin intentar solucionarnos la vida. Y etapas en las que la presencia de una amiga puede convertirse en un lugar seguro en medio de todo lo demás.
La amistad no elimina lo que nos duele, pero puede ayudarnos a sostenerlo mientras encontramos nuestra propia manera de seguir adelante.
La amistad y el apoyo social también influyen en nuestro bienestar
Decir que «los amigos también curan» no significa afirmar que una amistad pueda sustituir la ayuda profesional cuando la necesitamos ni que tener buenos amigos vaya a solucionar cualquier problema emocional.
La idea es mucho más sencilla: sentirnos conectadas, acompañadas y apoyadas puede formar parte de nuestro bienestar.
La investigación psicológica lleva décadas estudiando el papel de las relaciones sociales y el apoyo social. Una revisión de Kawachi y Berkman, por ejemplo, recoge diferentes mecanismos mediante los cuales los vínculos sociales pueden relacionarse con el bienestar psicológico y ayudarnos frente al estrés.
Investigaciones posteriores también han estudiado lo que se conoce como stress buffering o amortiguación del estrés: la posibilidad de que determinadas formas de apoyo social contribuyan a reducir el impacto que las situaciones estresantes tienen sobre nosotras.
Eso no significa que el efecto sea idéntico para todas las personas o circunstancias. La calidad de la relación, el tipo de apoyo que recibimos y nuestras propias necesidades también son importantes.
Por eso quizá la pregunta no sea solamente cuántas personas tenemos alrededor.
También importa cómo nos sentimos dentro de esas relaciones.
Hay amistades que elegimos una y otra vez
Una de las cosas que más valoro de la amistad es precisamente eso: la elección.
Entre tantas personas que conocemos a lo largo de nuestra vida, algunas deciden conocernos de verdad, quedarse cerca y compartir parte del camino con nosotras. No porque tengan que hacerlo.
Sino porque quieren estar. Y nosotras también las elegimos.
Las elegimos cuando compartimos una buena noticia y pensamos inmediatamente en ellas; cuando queremos saber cómo están; cuando reservamos un espacio de nuestra vida para escucharlas, acompañarlas, celebrar sus logros o simplemente pasar tiempo juntas.
Una amistad no necesita demostrarse constantemente mediante grandes gestos, muchas veces se construye precisamente en la repetición de pequeñas elecciones.
«Estoy aquí.»
«Quiero saber cómo estás.»
«Quiero compartir esto contigo.»
Cuando la vida duele, los amigos pueden convertirse en refugio
Todas atravesamos momentos difíciles como rupturas, pérdidas, cambios inesperados, fracasos, miedo, incertidumbre o simplemente etapas en las que no sabemos muy bien qué hacer.
Una amiga probablemente no pueda resolver aquello que estamos viviendo, muchas veces tampoco tendrá las palabras perfectas o quizá ni siquiera sepa qué decir.
Pero puede quedarse, escucharnos, acompañarnos. Puede hacernos reír durante unas horas. Puede ofrecernos otra perspectiva cuando llevamos demasiado tiempo atrapadas en la nuestra.
La investigación sobre apoyo social diferencia, además, distintas maneras de acompañar. A veces necesitamos apoyo emocional; otras veces, ayuda práctica, información o simplemente la sensación de que existe alguien a quien podemos acudir.
No siempre necesitamos consejos, a veces necesitamos poder decir:
«Hoy no estoy bien.»
Y descubrir que podemos hacerlo sin tener que fingir inmediatamente que todo está solucionado.
Los amigos también pueden recordarnos cosas que olvidamos
Cuando estamos atravesando un momento difícil, nuestra forma de mirarnos puede cambiar. Podemos concentrarnos únicamente en nuestros errores, cuestionar nuestras decisiones o perder de vista todo lo que ya hemos superado.
Ahí una amistad también puede convertirse en un espejo. No un espejo que nos diga siempre lo que queremos escuchar.
Una amistad sana también puede cuestionarnos, decirnos algo incómodo o mostrarnos una perspectiva que no habíamos considerado. Pero lo hace desde un vínculo en el que existe cariño y respeto.
A veces nuestras amigas pueden recordarnos cosas que, en determinados momentos, nos cuesta reconocer por nuestra cuenta:
Quiénes somos.
Cuánto hemos avanzado.
Qué estamos aceptando aunque sabemos que nos hace daño.
Qué cosas hemos superado antes.
Y todo aquello que seguimos teniendo incluso cuando sentimos que estamos perdidas.
Acompañar no significa arreglar
Creo que esta es una de las partes más bonitas y también más importantes de una amistad.
No necesitamos convertirnos en responsables de solucionar la vida de las personas que queremos. Podemos acompañarlas, escuchar, preguntar qué necesitan, estar presentes, y ofrecer un lugar en el que puedan mostrarse vulnerables sin sentir que inmediatamente tienen que convertirse en una versión «mejor» de sí mismas.
Una pregunta tan sencilla como:
«¿Quieres que te escuche o quieres que pensemos juntas qué puedes hacer?»
puede cambiar completamente una conversación.
Porque acompañar también implica reconocer que la otra persona sigue siendo responsable de sus decisiones. Podemos ofrecer nuestra mano, pero no necesitamos cargar con todo aquello que le corresponde atravesar a la otra persona.
Nuestros amigos no pueden recorrer nuestros procesos por nosotras.
Pero tener a alguien caminando a nuestro lado puede cambiar la manera en que los atravesamos.
Algunas amistades también nos dejan aprendizajes
No todas las amistades están destinadas a acompañarnos durante toda la vida, algunas cambian, otras se distancian, y otras simplemente terminan.
Perder una amistad puede doler muchísimo, especialmente cuando esa persona ocupó un lugar importante en nuestra vida.
No creo que todas las personas lleguen necesariamente para enseñarnos una lección ni que cada vínculo que termina tenga detrás un «propósito» que debamos descubrir. Pero sí creo que podemos decidir qué hacemos con lo que hemos vivido.
A veces, después de una amistad, aprendemos a poner límites, a comunicarnos mejor, confiar, pedir y recibir ayuda, reconocer cuándo una relación ya no nos hace bien, a dejar de intentar demostrar constantemente nuestro valor para merecer un lugar en la vida de alguien, o simplemente entendemos mejor qué tipo de relaciones queremos construir de ahora en adelante.
Desde una mirada espiritual podemos interpretar determinados encuentros como parte de nuestro camino o como relaciones que dejaron algún aprendizaje. Pero no necesitamos pensar que todo ocurrió «por algo» para encontrar significado en lo vivido.
Podemos aprender de una relación sin justificar aquello que nos hizo daño.
La amistad también vive en las cosas pequeñas
No todo lo importante ocurre durante conversaciones profundas, la mayoría de las veces la amistad se construye tomando un café, caminando sin rumbo, enviándonos algo porque inmediatamente pensamos en la otra persona, riéndonos de una anécdota que hemos contado cien veces, celebrando una pequeña victoria, o incluso compartiendo una tarde completamente normal.
Hay días en los que no necesitamos consejos ni grandes reflexiones, solo necesitamos distraernos, reírnos y sentirnos acompañadas, volver durante unas horas a una parte de nosotras que quizá habíamos olvidado entre tantas preocupaciones. Y esa también puede ser una forma de cuidarnos.
La investigación sobre amistad adulta apunta precisamente a que la calidad de nuestras amistades, especialmente cuando proporcionan compañía y apoyo, se relaciona con nuestro bienestar. No se trata simplemente de acumular contactos o tener un círculo social enorme.
Una amistad significativa puede valer mucho más que muchas relaciones en las que seguimos sintiéndonos solas.
Las amistades sanas también nos enseñan sobre reciprocidad
Una buena amistad no debería sentirse como una evaluación constante de cuánto hacemos por la otra persona. No necesitamos llevar una cuenta exacta de quién escribió primero, quién estuvo más presente o quién hizo más. Además, la reciprocidad no siempre será perfectamente equilibrada.
Habrá temporadas en las que una persona necesite más apoyo. Después puede ocurrir al revés. Pero, cuando observamos la relación en conjunto, debería existir espacio para las dos.
Poder escuchar y también ser escuchadas.
Acompañar y permitir que nos acompañen.
Dar cariño y sentir que también podemos recibirlo.
Respetar los límites de la otra persona y sentir que los nuestros también son respetados.
Poder decir que no sin tener que demostrar después cuánto queremos a la otra persona.
Una amistad sana deja espacio para que ambas existamos dentro de la relación. Quizá por eso una de las cosas más bonitas que podemos sentir en una amistad es algo tan sencillo como:
«Estoy aquí porque quiero compartir parte de mi vida contigo.»
No porque tenga que demostrarte constantemente que merezco ser tu amiga. Ni porque tú tengas que demostrármelo a mí.
También tenemos que aprender a cuidar a quienes nos cuidan
Cuando atravesamos una etapa difícil es comprensible concentrarnos en aquello que necesitamos. Pero las personas que nos acompañan también tienen sus propios días complicados, preocupaciones, límites y necesidades.
Por eso cuidar nuestras amistades también significa preguntar:
«¿Y tú cómo estás?»
Significa escuchar.
Estar presentes.
Agradecer.
Respetar sus límites.
Celebrar sus alegrías.
Acompañar sus momentos difíciles.
Y aprender a aceptar que alguien puede querernos muchísimo y, aun así, no tener siempre la capacidad de sostenernos de la manera que necesitamos.
Un límite no necesariamente significa falta de amor. Y cuidar una amistad tampoco significa estar disponible las veinticuatro horas del día.
La reciprocidad saludable no consiste en devolver exactamente todo lo que alguna vez hicieron por nosotras. Se construye desde el interés genuino por el bienestar de ambas personas.
Ejercicio: observa cómo te sientes dentro de tus amistades
En lugar de preguntarte únicamente quiénes son tus mejores amigas, puedes dedicar unos minutos a observar cómo te sientes en tus relaciones más cercanas.
Elige una o dos amistades importantes y pregúntate:
¿Puedo ser yo misma dentro de esta amistad?
¿Siento que puedo hablar y también escuchar?
¿Puedo poner límites sin sentir que tengo que demostrar mi cariño después?
¿Existe interés genuino por lo que ocurre en la vida de ambas?
¿Puedo pedir ayuda cuando la necesito?
¿Respeto también los límites y necesidades de esta persona?
¿Cómo me siento habitualmente después de compartir tiempo con ella?
No necesitas utilizar las respuestas para clasificar inmediatamente una amistad como «sana» o «tóxica». Utilízalas para observar, quizá descubras una conversación pendiente, un límite que necesitas expresar, una amistad que quieres cuidar más, o incluso a alguien a quien hace tiempo quieres decirle: «Gracias por estar.»
No tenemos que hacerlo todo solas
A veces pensamos que todos nuestros procesos tienen que ser individuales, pero hay partes que inevitablemente lo son.
Nuestras amigas no pueden eliminar nuestro dolor, resolver nuestros problemas ni tomar decisiones por nosotras. Tampoco deberían convertirse en nuestra única fuente de apoyo.
Es importante tener en cuenta que hay situaciones en las que necesitaremos acudir a profesionales o buscar otros recursos además de nuestra red cercana.
Pero nuestros amigos pueden sentarse a nuestro lado mientras intentamos encontrar nuestro propio camino. Pueden escucharnos cuando necesitamos ordenar lo que sentimos, recordarnos quiénes somos cuando momentáneamente nos cuesta verlo, celebrar con nosotras cuando las cosas empiezan a ir mejor, y también podemos hacer lo mismo por ellas.
Porque ser responsables de nuestra propia vida no significa que tengamos que construirla completamente solas.
Quizá por eso sigo creyendo que, de alguna manera, los amigos también curan.
No porque tengan el poder de arreglarnos. Sino porque hay heridas, cambios y momentos difíciles que pueden sentirse diferentes cuando sabemos que alguien está caminando a nuestro lado.
Si mientras leías este artículo pensaste en una persona concreta, quizá hoy sea un buen día para recordarle que también agradeces que forme parte de tu camino.
Agradecimientos
Aprovecho la oportunidad para agradecer a mis amigos, que siempre han estado conmigo a lo largo de estos años y muchas veces han sido el soporte para no quedarme hundida en lo mas profundo. Porque yo también he tenido esos momentos e incluso sin saberlo muchas veces me han ayudado.
Ustedes me enseñaron la importancia de la amistad.
Les amo con todo mi corazón. Gracias por estar siempre allí.
Fuentes
Kawachi, I. & Berkman, L. F. (2001). Social ties and mental health. Journal of Urban Health, 78(3), 458–467.
Ditzen, B. & Heinrichs, M. (2014). Psychobiology of social support: the social dimension of stress buffering. Restorative Neurology and Neuroscience, 32(1), 149–162.
Holt-Lunstad, J., Smith, T. B. & Layton, J. B. (2010). Social Relationships and Mortality Risk: A Meta-analytic Review. PLOS Medicine, 7(7), e1000316.
American Psychological Association (2023). The science of friendship.
U.S. Surgeon General. Social Connection. Recursos y marco sobre conexión social, aislamiento y bienestar.
